Análisis crítico del Mundial de 2026: geopolítica, exclusión y poder

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Cuando el balón rueda, el mundo parece detenerse. Durante unas semanas, millones de personas comparten emociones, celebran victorias y convierten el fútbol en un lenguaje universal. Sin embargo, detrás del espectáculo, de los estadios repletos y de la narrativa de unidad global, la Copa Mundial de la FIFA 2026 también dejó al descubierto algunas de las principales tensiones políticas, económicas y sociales de nuestro tiempo.

La pregunta “¿Quién ganó la Copa del Mundo?” admite, por tanto, más de una respuesta. Además del equipo español que merecidamente levantó el trofeo, el torneo invita a preguntarse qué intereses se fortalecieron, qué discursos se legitimaron y qué realidades quedaron invisibilizadas durante la mayor competición deportiva del planeta.
La FIFA, la política y la economía del espectáculo

Para comprender quién gana realmente un Mundial, conviene seguir el rastro del dinero. La FIFA, máxima autoridad del fútbol internacional, dirige una industria cuyos ingresos alcanzan dimensiones comparables a las economías de algunos Estados. Si la Copa del Mundo de Catar 2022 generó unos ingresos récord de 7.600 millones de dólares, la edición de 2026 (la primera con 48 selecciones y organizada conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México) confirmó la expansión económica y comercial (con unos ingresos estimados en 13.000 millones de dólares) del mayor evento deportivo del planeta.

Este crecimiento, sin embargo, plantea interrogantes sobre el modelo que impulsa el fútbol contemporáneo. El encarecimiento de las entradas, los paquetes de hospitalidad y la creciente comercialización de la experiencia mundialista han dificultado el acceso de buena parte de la afición tradicional, transformando progresivamente un acontecimiento concebido como una celebración popular en un espectáculo cada vez más orientado hacia consumidores de alto poder adquisitivo.

La dimensión política del torneo también volvió a hacerse evidente. Durante el sorteo oficial del Mundial, celebrado el 5 de diciembre de 2025 en Washington, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, entregó el primer Premio de la Paz de la FIFA al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El reconocimiento generó un intenso debate internacional sobre la neutralidad de la organización y sobre los criterios empleados para conceder una distinción de ese carácter.

En este entramado de poder, la política y el deporte parecen haberse encontrado en un episodio que algunos bautizaron como la "Cacicada de Trump", que fue la controvertida intervención del presidente estadounidense en la revisión de la sanción impuesta a Folarin Balogun tras su expulsión. El episodio alimentó el debate sobre la independencia de la FIFA y puso de relieve hasta qué punto las grandes competiciones deportivas pueden verse condicionadas por intereses políticos.

Identidad, migraciones, fronteras y LGTBQI+
Al ser organizado conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá, el Mundial de 2026 se desarrolló bajo un contexto marcado por estrictas políticas migratorias y de seguridad, que convirtieron la experiencia en un auténtico desafío para varias delegaciones. La selección de Irán, por ejemplo, se vio obligada a disputar sus partidos en Estados Unidos mientras establecía su base de operaciones en México debido a las restricciones impuestas por el país anfitrión. El delantero iraquí Aymen Hussein fue retenido e interrogado durante siete horas por las autoridades fronterizas estadounidenses, mientras que el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, pese a contar con un visado válido y con la acreditación oficial de la FIFA, vio denegada su entrada al país y quedó excluido del torneo.

Las restricciones también afectaron a profesionales de los medios de comunicación y al personal de las delegaciones. El fotógrafo de la selección de Irak, Talal Salah, fue retenido durante más de diez horas antes de que las autoridades estadounidenses le denegaran la entrada. Asimismo, varios periodistas iraníes y africanos no obtuvieron el visado necesario para cubrir el campeonato y miles de aficionados de ese país vieron frustrado su viaje debido a las dificultades para acceder a Estados Unidos y a los problemas relacionados con la asignación de entradas. Más que incidentes aislados, estos episodios evidenciaron cómo las políticas migratorias del país anfitrión condicionaron la participación de deportistas, árbitros, periodistas y seguidores, proyectando una imagen que contrastó con el carácter universal e inclusivo que la FIFA atribuye a la Copa del Mundo.

El clima para las “minorías” tampoco estuvo exento de controversias. La organización británica Three Lions Pride, que representa a los aficionados LGTBIQ+ de Inglaterra, renunció a enviar una delegación oficial al Mundial al considerar que no podía garantizar la seguridad de sus miembros ante el contexto político y las leyes restrictivas vigentes en varios estados de Estados Unidos. En la misma línea, Amnistía Internacional y Human Rights Watch advirtieron de la ausencia de planes suficientes para proteger a personas LGBTQIA+, periodistas e inmigrantes durante el torneo.

A pesar de ello, también hubo gestos de resistencia. En el partido entre Irán y Egipto, la FIFA rechazó la petición de impedir el acceso de banderas arcoíris al estadio, permitiendo que los aficionados las exhibieran como símbolo de diversidad. Sin embargo, los episodios de intolerancia persistieron dentro y fuera de los estadios. La propia FIFA informó de que, solo durante la fase de grupos, su sistema de monitoreo detectó más de 89.000 publicaciones abusivas, ocultó 181.000 comentarios y remitió cerca de 1.000 cuentas para investigación, en un contexto marcado por mensajes racistas, homófobos y otras formas de discurso de odio.
¿Quién ganó la Copa del Mundo?
La selección española se alzó, con total merecimiento, como campeona de la Copa del Mundo. Sin embargo, más allá del brillo del trofeo, este torneo se ha revelado, tristemente, como un colosal espejo de nuestra época: un escenario que ha puesto de manifiesto la consolidación de nuevos órdenes mundiales. Y, entre los merecidos festejos por la segunda estrella, la gorra “Make Spain Great Again” terminó por evidenciar esa deriva, proyectando un mensaje que contrastaba con la realidad del equipo campeón: una selección forjada gracias al esfuerzo colectivo de jugadores de distintos tonos de piel, rasgos, orígenes y acentos.

Sin más.
Saludos desde la Tierra Media,
Alan Leites 🌻
Más sobre mi trabajo literario en alanleites.com
Imagen: fotograma de internet
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