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¿Cuánto tiempo tarda una travesía? Este escritor inmigrante contestaría la pregunta con una sola palabra que se desglosa en otros centenares: ¡Depende!

Para Ousman Umar, un chaval ghanés, fueron necesarios cinco largos años para llegar a Barcelona desde que salió de su país. Un recorrido que atraviesa Níger, Argelia (Sáhara), Libia y el mar Mediterráneo, hasta alcanzar Fuerteventura (Islas Canarias), y que, desafortunadamente, le dejó recuerdos que ninguna persona debería vivir. Porque, en este caso, estamos hablando, según denuncia el propio Ousman, de tráfico de seres humanos.

Se equivoca el lector que piensa que un proceso migratorio comienza cuando uno sale de su país y que su travesía termina cuando llega al destino. La verdad es que un proceso migratorio tiene su inicio cuando el motivo que lo generó empieza a echarte de aquel lugar que, para uno, era llamado hogar. Junto con ello se inicia también el duelo migratorio, al tener que meter toda una vida en la maleta o en el pequeño espacio del que uno dispone para transportar sus pertenencias; en el caso de Ousman, una pequeña mochila. Y, aunque ese duelo no se sienta al principio, tarde o temprano llama a la puerta. Algunos psicólogos sostenían que una persona podía sufrir sus efectos hasta dos años después de emigrar, pero hoy en día ya se habla de un duelo que nunca llega a terminar.

En esta travesía se pueden vivir experiencias que marcan la vida de una persona, como tener que beber la propia orina al cruzar el desierto o caer en manos de traficantes de seres humanos. Pero hay otras situaciones que también pueden marcar la vida de muchos: ¿Qué pasa cuando, por fin, se llega al lugar deseado y uno descubre que algunos problemas quedaron atrás, pero que, a partir de ese momento, aparecen otros nuevos? Y no son pocos. El choque cultural. El idioma. Las miradas dirigidas. La cantidad de “no” que se recibe en idioma extranjero. La percepción sobre el propio cuerpo…

Cuando se escuchan frases condenatorias como "Estos viven de las ayudas...", la verdad es justamente la contraria: son precisamente las personas que no reciben ayudas y viven de forma precaria las que también contribuyen a sostener el sistema pagando el IVA cada vez que compran un paquete de arroz o de pasta. Porque, en general, lo único que se busca es trabajar, estudiar y construir una vida con dignidad. Ese es el sueño. No que nos regalen nada. Solo la oportunidad de luchar por una vida mejor.

Pero muchas veces algunas voces se levantan a favor y, de manera equivocada, lanzan:

—¿Pero qué tiene de malo? La verdad es que no le quitan el trabajo a nadie; están aquí en la cosecha o limpiando…, haciendo los trabajos que que muchos nacionales no quieren hacer.

¿Pero hay algún delito en querer ser algo más?

¿Hay algún delito en querer no estar bajo un sol de 40 grados en la cosecha de melón para siempre? ¿No se puede soñar con hacer una carrera, contribuir a construir un país y ayudar a las personas (a todas) siendo abogado o profesor? ¿ Acaso no está permitido soñar como Ousman lo hizo al ver aquel avión?

Por otro lado, está el tema de la inmigración irregular, un asunto ya conocido, al menos para los “latinos”, desde finales del siglo XV, cuando llegaron allá unas embarcaciones, aunque con un desenlace histórico muy diferente al que se produce hoy. Pero hay una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿Qué es ser un inmigrante? La respuesta dependerá, se atreve a responder este escritor inmigrante, del lugar de enunciación desde el que cada ser humano observa la realidad y experimenta el mundo. Se hace importante mencionar que, para que haya integración, tiene que haber apertura; es decir, puertas abiertas para que unos puedan entrar y adaptarse.

Por eso, veo que cuando hoy se habla de inmigrantes, ya sea en las políticas públicas, en la prensa o en las conversaciones de las terrazas, se está haciendo referencia a una determinada condición migratoria, procedente de determinados lugares y asociada a determinados rasgos raciales. Resulta interesante observar que personas como Jorge Drexler y Shakira, ambos con talentos musicales indiscutibles, parecen haber dejado de ser "leídos", ante todo, como inmigrantes para pasar a ser reconocidos como cantautor y cantautora: una condición reservada a unos pocos

Para el resto de los inmigrantes, tal vez la mayor parte de nosotros, esa sigue siendo nuestra etiqueta principal. No sería una sorpresa que el color de la piel de este gran grupo estuviera más alejado de la "blanquitud" con la que suelen identificarse muchos nativos (aunque también exista mucha diversidad). Es sobre esta mayoría inmigrantes de la que hablo: aquella sobre la que recaen las lupas de la sociedad, reflejadas en el personal de seguridad de centros comerciales y supermercados, que no permiten que pasemos desapercibidos como simples ciudadanos trabajadores que solo entran para comprar un paquete de arroz. O incluso cuando uno tiene la oportunidad de ir a un restaurante a comer el menú del día y, durante el trayecto hacia el aseo, una cantidad significativa de clientes de otras mesas te detienen para preguntarte si el pedido tardará mucho o si, "por favor", les puedes traer otra copa de vino.

Pero, de vuelta a la película, la obra apunta con mucha generosidad que el mayor refugio frente a la hostilidad son los vínculos de amistad, la solidaridad, el amor (Montse y Armando, guarden estos nombres) y, sobre todo, la educación. De esta manera, cuando uno pasa por el proceso de reconstrucción (encontrar un nuevo sentido a su vida tras su proceso migratorio) y asume el compromiso de ayudar a que otros no tengan que recorrer el mismo camino, está contribuyendo, sin duda, a construir un mundo mejor.

Sin más.

Saludos desde la Tierra Media,

Alan Leites 🌻
Más sobre mi trabajo literario en alanleites.com
Imagen: fotograma de internet
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